
Llegué ocasionalmente aquí la primera vez cuando todavía era tan alta como un real de queso. Era un domingo de marzo, me lo recuerdo bien. La mamá nos dijo que aquel día nos habría enseñado algo de especial. Davide y Yo caminabamos trotando. El aire era todavía fresco, nuestras mejillas tenían el bello color de las manzanas. Atajamos por un prado, luego seguimos un sendero que acabamos de mencionar serpenteaba entre los árboles. Se podía escuchar el sonido del río que fluye al lado. La vegetación era siempre más espesa, con nuestras pequeñas manos apartábamos los arbustos y enredaderas que cuelgan de las ramas. Todo tenía un misterioso sabor, Davide hacia el héroe sin miedo, yo al contrario estaba meticulosamente atenta a no tropezar. Nos detuvimos frente a una cortina de follaje aferrada a una vieja red. El papá levantó el borde metálico ya debilitada por los animales en evasión continua, y nos hizo ir de la otra parte. Frente a nosotros un prado de junquillos que nunca acababa, amarillo por todas partes, amarillo de flores silvestres y dueños de los rayos del sol que secretamente calentaban también allá.
No se sabía dónde caminar para no pisarlas, fue una empresa difícil aquella de probar a ser ligeros como las mariposas o las mariquitas. Caminamos entre estas flores altas con una sonrisa de estupor, yo pensé que ese era el jardín secreto de los cuentos y los dibujos animados, y que en aquel punto también podría convertirme en una hada o una pequeña princesa con bucles de la mirada de ensueño.
¡Quizás sea Davide en su vestido de explorador sin miedo a decirnos “eh miren hay una casa!”, y quizás fue en ese momento que mamá y papá sonrieron volviéndonos sus cómplices. Habían un secreto, y estuvieron a punto de revelarlo. Nos encaminamos. La casa era gigantesca, llena de ventanas que nos miraban de su soledad decenal. El techo visiblemente desfondado, objetos polvorientos y oxidados esparcidos alrededor. Imaginamos que había habido una gran vida allí, una vez.
Fue en ese momento que sentí por la primera vez la palabra “agroturismo” pronunciado por mis padres. Se me quedó impresa en la mente pero no le presté mucha atención. Dejé a un lado la indecisión y decidí seguir a mi hermanito sobre los cúmulos dispersos, nos dijeron de tener cuidado, pero ya estábamos escalando tratando de entender el real alcance de aquel…. ¿pero qué es? ¿Un castillo?
Pero nooo… los castillos tienen las torres, las almenas…… los puentes levadizos….. Sin embargo tenía un aire a castillo. La única cosa que nos recondujo a la realidad fueron las señales evidentes de un abandono no muy lejano en el tiempo. Cuando nos aventuramos dentro de las habitaciones, muchos objetos todavía estaban en su sitio. Bajo un quintal o dos de polvo, escombros y telarañas. Todo llamaba la atención, viejos juguetes nos hicieron pensar en aquellos niños que sobre la gran terraza jugaban a perseguirse. Una ventana se azotó, se cerró por la brisa de la tarde. A la ventana fue atacada una percha que todavía sujetaba un raído enaguas rosa. El cielo en aquel momento era de color azul, muy intenso. Pasamos así nuestra primera tarde en aquella que después llamaremos “la casa”. Volvimos a cruzar el prado de junquillos regresamos sobre nuestros primeros pasos, nos deslizamos debajo la red, luego la senda, el prado, el asfalto…. el bar del pueblo, nuestra casa …
A cena, mamá y papá nos explicaron que era un agroturismo. Después de algún día a escuela nos asignaron un tema. Yo conté del sueño de mis padres.





English
Español
Deutsch
Français
Italiano